
Jacinto sufría sobre el andamio cada vez que junto a la obra pasaba alguna mujer. No es que el pobre albañil, casado y con tres niños –Jonathan Jesús, Aurora Jennifer y Recaredo Alfonso-, fuese una especie de obseso pervertido, ni tampoco que hubiese recibido una exquisita educación británica y sus delicados oídos no soportasen los recios piropos cuarteleros que solían entonar sus compañeros de trabajo. Su problema se debía a una completa incapacidad para componer requiebros meridianamente decentes. La mayoría de obreros del edificio que ayudaba a construir eran capaces de lograr cuotas de originalidad –“estás tan buena que me comería los tropezones de tu regla”- difícilmente alcanzables para él. Se había fijado en que era más común que las mujeres –sobre todo las jóvenes- se diesen la vuelta para responder con un insulto cuando el piropo resultaba poco original, y no deseaba en ningún momento provocar esa situación, pues un autentico albañil piropeador jamás busca molestar a aquellas a quienes piropea. Los clásicos “maciza”, “tetona” o “¡mozaaaa!, ¿arrejuntamos los meaderos?”, provocaban más reacciones airadas que unos poéticos y elaborados “eso es andar, y lo demás joder el suelo”, “quien fuese bizco para verte dos veces”, “me casaba con tu hermano para entrar en tu familia” o “te comía entera y me cosía el culo para no cagarte”.
Así las cosas, cada vez que una fémina de las que el código del obrero de la construcción establecía como “piropeables” –sola, en grupos de como mucho tres o con acompañante masculino cuyo ancho de hombros resultase razonable- pasaba junto a la valla y la inevitable lluvia de testosterónico encanto ibérico caía sobre ella en forma de diamantes léxicos, Jacinto padecía una auténtica crisis de ansiedad. Sus reflexiones solían discurrir en el siguiente tono: “Como no le diga nada se va a creer que es que pienso que es fea y le va a dar depresión. Mírala, pobrecica. Si se va a poner perdida de tierra sólo por pasar al lado de la obra para que le digamos algo. Debe estar tan deprimida que necesita de rudos halagos de desconocidos para animarse”. O bien: “¿Y si le digo simplemente guapa? Se va a dar cuenta que es sólo por cumplir y se va a ofender. Mira que no hay nada peor que un piropo forzado, que me lo dice siempre mi Mari”.
Su estado de shock recurrente no pasaba desapercibido ni para el resto de albañiles y ni para el capataz, el cual, preocupado por que contagiase a los demás y tanto el nivel de los piropos como el ritmo de trabajo disminuyesen, lo trasladó de andamio. Jacinto fue destinado a la zona donde se situaba a aquellos obreros dados por perdidos en el arcaico y místico arte del cumplido soez: la de las vigas más altas del edificio, desde donde se dificultaba tanto la observación del objetivo como la escucha por parte de éste de los débiles requiebros emitidos por las ovejas descarriadas. Sus tres primeros compañeros fueron los únicos trabajadores de la obra que no hablaban bien el castellano: el ruso, el moro y el negro. El capataz los asignó con la esperanza secreta de que la falta de competencia animase a Jacinto y acabase por otorgarle confianza, de manera que, una vez alcanzado el nivel medio de grosería, su ejemplo ayudase a la adaptación de los otros. Aquí nuestro protagonista vio su oportunidad: si conseguía ganar la confianza de sus nuevos compañeros, éstos podrían comunicarle algún piropo exótico propio de sus países de origen, que él se las arreglaría para adaptar hábilmente al contexto hispánico. De esta manera, no sólo se haría con un inigualable repertorio internacional de piropos, además serviría a una buena causa al convertirse en la voz de los más desfavorecidos entre los albañiles piropeadores. Casi tenía el nombre para una nueva oenegé: Groseros Sin Fronteras. Pero era conveniente ir paso a paso, y comenzaría por conseguir la amistad de los tres inmigrantes.
De esta manera, aprendió que el ruso no era ruso, sino polaco, que se llamaba Carol –como el Papa Juan Pablo II, al parecer- y que en su país, antes de la caída del Muro, había sido ingeniero de tres o cuatro especialidades –vaticinaba que el rascacielos que construían aguantaría siempre y cuando el levante no soplase muy fuerte en verano-, además de comisario político. En cuanto al moro, era de Marruecos, donde se llamaba Abdelwahab, nombre que el hombre suponía le habían cambiado en la frontera, debido a un problema de papeles o algo así, por el de “Mojamé”, por el cual todo el mundo lo llamaba ahora. Era licenciado en una palabra esdrújula, y al otro lado del Estrecho mantenía con su sueldo a esposa, cinco críos y, de regalo, a los suegros. Finalmente, el negro se llamaba Roger y había nacido en un país cuya existencia hasta ese momento Jacinto desconocía y con un nombre que era incapaz de recordar. De todos modos al “subsaja” o “negrata”, como lo llamaba el resto de la plantilla con varonil cariño, no parecía importarle, ya que al parecer nuestro protagonista había sido la primera persona en preguntarle por su nacionalidad desde que llegó a España, incluyendo a la funcionaria que le arregló los papeles del permiso de residencia y con la cual, todo sea convenientemente explicado, tuvo que irse a la cama. Con gran sufrimiento por su parte, eso si, ya que era un habitual en los bares de ambiente de la ciudad española que lo acogía, donde se lo conocía con el apodo de “el Trípode”.
Una vez sabido todo esto y establecida cierta complicidad con sus vecinos de andamio, Jacinto procedió a la siguiente fase en su astuto plan. En cuanto la primera paseante solitaria –convenía no arriesgar en exceso- cruzó la acera frente al solar y el grueso de la albañilería se entregó al sano ejercicio del halago soez, él se dirigió a sus compañeros:
- Rápido, Mojamé, dime algún piropo que digáis allí en Marruecos.
- A Alá no le gustaría, Jasinto, amigou.
- ¡Cojones! Pues dime tú uno de Polonia, Carol.
- En soziedad sozialista igualdad de sexos serr un hecho. Pirropos serr antirrevoluzionarrios.
- ¡Cagonlaputadeoros! Roger, por tu padre…
- Yio está trabajando, juder…
Resultado tan desastroso acabó con la armonía multicultural del andamio y provocó un nuevo descenso en el escalafón del desgraciado Jacinto. Si los tres anteriores tenían la excusa del idioma, sus nuevos compañeros no: el castellano era su lengua materna pero, simplemente, preferían no piropear. Se trataba de Paco el sieso y Wilson José. El primero, recio hispano de barba cerrada y brazos como jamones, poseía todos unas aptitudes naturales que le habrían permitido piropear incluso a la hermana de una estrella escocesa de rugby aunque pasease por la acera de enfrente con falda-pantalón y un jersey de cuello vuelto. Pero se abstenía de participar en los habituales festivales de galantes impertinencias por razones que nadie se explicaba, ya que era publica y notoriamente heterosexual, de tal suerte que había regalado al mundo, con la inestimable ayuda de su amada esposa Marujita, hasta seis hijos varones de tanto pelo en pecho como su padre y empedernidos tuneadores amantes del regatón a cuyo paso se podía oír ruido de bragas cayendo al suelo. En lo que se refiere a Wilson José -que en realidad se llamaba José Luis-, era ecuatoriano, de natural tímido, y compartía la irritante costumbre de concentrarse en su trabajo en lugar de vigilar cuando aparecería por la esquina la próxima transeúnte de caderas bamboleantes. En cualquier caso, la escena del andamio anterior no tardó mucho en repetirse.
- Paco…
- Estoy trabajando, joder.
- Wilson…
- A Jesús no le gustaría.
- ¡La virgen santa!
- A ella tampoco.
Los nuevos incidentes causados por el carácter pertinaz de Jacinto acabaron por dar lugar a su definitiva degradación. Se le destinó al más alto andamio de la obra, junto al único albañil que, hasta ese instante, trabajaba y piropeaba en solitario: Benny el salido. Su exilio se debía a un escaso conocimiento de los limites, pues para la descontrolada libido de Benito la práctica del piropeo no constituía un romántico acto poesía proletaria regalado a una bella desconocida por el simple placer de contemplar su sonrisa, sino un consciente y premeditado cortejo amoroso. Efectivamente, el indecoroso Benito componía sus piropos con la inconfesa pero transparente esperanza de “ver si caía algo”, ignorando las mas básicas reglas del buen albañil piropeador, que jamás prevén el contacto con la agasajada mas allá del fugaz instante en que se pronuncia la grosería. Benito era consciente, como todo levantador profesional de tabiques avezado, de que las mujeres que pasan junto a una obra y se encuentran dentro de las categorías que el código contempla, rara vez lo hacen por casualidad, pero confundía los términos, pues la exhibición lógica de los encantos femeninos debido al natural deseo en las hembras jóvenes de requiebros groseros que las reafirmen en su amor propio, la tenía por una mucha más prosaica búsqueda del macho dominante que las montase, y aguardaba ansioso el momento en que a uno de sus elaborados piropos respondiesen una sonrisa satisfecha y unas piernas abiertas. Cosa que, por supuesto no sucedía nunca. Era una situación que extrañaba al interfecto, dado que para él cualquier cuello que no fuese vuelto y cualquier falda que mostrase mas arriba del tobillo indicaban en la mujer el deseo inmediato de aparearse. Y entre tanto, Jacinto, alegrándose de que a la altura en que la vergüenza ajena del capataz los situaba nadie pudiese distinguirles la cara, debía soportar lindezas, no tan censurables por su contenido como por la actitud con que eran expresadas, del tipo:
- ¡Que no tengo pelos en la lengua porque tú no quieres!
O, en su defecto, la variante:
- ¡Tienes unos ojos tan bonitos que te comía todo el coño!
Además de:
- ¡Si se unen los mares con los ríos, unamos tus pelos con los míos!
Y:
- ¡Al pan, pan al vino, vino y a tu coño mi pepino!
En momentos como esos, nuestro buen amigo Jacinto suspiraba y decía, para si mismo:
- Pues casi que prefiero al Mojamé.

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